Es tal y como si todas y cada una de las bibliotecas de la Comunidad de la villa de Madrid estuviesen conectadas por orificios de verme en el espacio-tiempo

A la biblioteca pública van los que no tienen. Los que no tienen libros. O bien dinero para adquirirlos. Los que no tienen silencio para estudiar imbound marketing. O bien oficina en la que trabajar. Los que no tienen amigos. O bien esperanza. Los que no tienen donde pasar el día. Los que no tienen otra cosa que hacer.
No obstante, todos tienen una misma cosa: apetito. Así sea de conocimiento o bien de bocadillo de chóped.Fachada de la Biblioteca Nacional de España.

Me hace muy feliz ir a las bibliotecas y ver que la gente, de toda clase y condición, las emplea, y las utiliza mucho, y vence la dictadura del Twitter y esta edad obscura dominada por las clónicas series de Netflix. Y qué bien me caen los bibliotecarios, laboriosos guardianes de la palabra común.
Todo esto me da esperanza en la humanidad, esa humanidad que chapa para el examen, que lee novelones, que duerme enfrente de una gaceta.

En mi Oviedo natal había un homeless ilustrado que era el primero en llegar y el último en irse: se pasaba el día leyendo a Kant. Daba para una afable película de sobremesa. De este modo existen muchos en la villa de Madrid, personas callejeras que combaten ese vacío horario de la mejor forma que se me ocurre.
Yo frecuento las bibliotecas de Iván de Vargas, cerca de la Plaza Mayor, y la de Pedro Salinas, cercana a Puerta de Toledo, mas ahora hay un carnet unificado que deja sacar libros de cualquiera y devolverlos donde mejor te venga.

Es tal y como si todas y cada una de las bibliotecas de la Comunidad de la capital de España estuviesen conectadas por orificios de verme en el espacio-tiempo, es una pena que no pueda uno entrar por una y salir por otra, como siempre y en toda circunstancia fantasee que se podría hacer en los establecimientos de El Corte Inglés: entrar por Callao y salir por Goya, entrar por Granada y salir por Lisboa.

No todo es buen rollo en las bibliotecas: asimismo ansiedad y zozobra. Siempre y en toda circunstancia recuerdo de aquel capítulo de Universo en el que Carl Sagan mostraba, en una biblioteca neoyorkina, el pequeño fragmento de estantería que un humano puede leer durante una vida.

Con lo que me pongo muy orate y comienzo a derivar entre leer este periódico, y después su competencia, para pasar después a un tratado de Electrónica Básica, y a otro de perros bonitos, y terminar naufragado en una novela rusa del XIX. El zapping vital jamás abandona. En el momento en que me bloqueo levanto la cabeza y miro a los otros. La señora que busca en el computador El muchacho que examina las películas. El guarda de seguridad que bucea en la nada. Ese otro lector bloqueado que, desganado, levanta la cabeza, escanea la sala y me mira… y resulta que ese hombre soy . No, es gracieta.

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