La oración que un científico acostumbra a vocalizar cuando está a puntito de descubrir algo interesante es “¡coño, qué extraño!” y no “Eureka!” como ciertos podrían meditar. El progreso científico ha estado marcado de situaciones en las que los estudiosos se han enfrentado a descubrimientos inopinados. De esta forma, en el otoño de mil novecientos ochenta y cinco, tras una semana de intenso trabajo, Robert Curl, Harold Kroto y Richard Smalley hicieron el descubrimiento absolutamente imprevisible, que les llevó a la conclusión de que el carbono elemental asimismo puede existir en forma de esferas muy estables. Llamaron a estas esferas de carbono “fullerenos“. Estos compuestos se forman cuando el grafito se evapora en una atmosfera inerte y, por norma general, poseen entre sesenta y ochenta átomos de carbono. El descubrimiento de los fullerenos es un claro ejemplo de de qué manera resultados inopinados y fascinantes se pueden conseguir cuando cooperan científicos de diferentes áreas.Fotografía de Juan M. Gutiérrez-Zorrilla

Fotografía de Juan M. Gutiérrez-Zorrilla
Fotografía de Juan M. Gutiérrez-Zorrilla

El interés de Kroto (Universidad de Sussex) por las gigantes rojas, estrellas ricas en carbono, condujo al descubrimiento de estas moléculas. El creía que compuestos de carbono de cadena larga podrían estar presentes cerca de esas estrellas. Para revisar esta hipótesis Curl de la Universidad Rice, con quien Kroto estaba cooperando, planteó realizar una serie de ensayos empleando para esto un aparato que de alguna forma reprodujese las condiciones estelares. Smalley, un colega de la Universidad Rice, había construido un instrumento que dejaba vaporizar a través de un laser y examinar los productos de prácticamente cualquier material. A lo largo de la vital semana de septiembre de mil novecientos ochenta y cinco en Houston los 3 científicos así como 2 estudiantes de doctorado, Heath y O’Brien, vaporizaron grafito y consiguieron generar pequeñas cantidades de clústeres C60 y C70, que probaron ser bastante estables. Los resultados fueron publicados en la gaceta Nature en el mes de noviembre de mil novecientos ochenta y cinco [Nature, mil novecientos ochenta y cinco, trescientos dieciocho, 162]. Terminaba de empezar un periodo en el que se llegasen a publicar miles y miles de artículos sobre fullerenos.

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De izquierda a derecha, Sean O’Brien, Richard Smalley, Robert Curl, Harry Kroto y James Heath (Rice University, mil novecientos ochenta y seis)

El Carbono 60 es el fullereno más representativo y más estable, es un clúster con una geometría de icosaedro truncado (Ih), por consiguiente es una molécula enormemente simétrica, de esta manera lo confirma el hecho de que solo presente cuatro bandas de absorción en el infrarrojo y que todos y cada uno de los átomos de carbono son equivalentes puesto que da una única señal en el 13C NMR.

La idea de edificar un fullereno C60 brotó como icono de los actos que la Capacitad de Ciencia y Tecnología iba a festejar con ocasión del Año Internacional de la Química dos mil once. El proyecto para su construcción fue financiado por el Vicerrectorado de Campus. En aquellos instantes no teníamos ni la más remota idea de las contrariedades técnicas que nos aguardaban, únicamente teníamos una cosa clara, que debía medir un tanto menos que la altura de la sala de columnas de la Alhóndiga, puesto que era en ese sitio donde se iban a desarrollar la mayor parte de los actos que se habían programado. Discutimos a lo largo de cierto tiempo sobre los materiales con que debíamos edificarlo, concluyéndose que las esferas que representan a los átomos de carbono serían de madera y los links entre ellos cilindros de metal. A la par, Víctor Serna hizo los cálculos para determinar si se podía colgar o bien posar sobre cinco o seis bolas, sin que la estructura colapsase. Mas la mayor complejidad en la construcción fue como horadar en todos y cada bola 3 orificios que formaran entre sí ciento veinte, ciento veinte y 144°. Acá es cuando comienza a marchar el genio de Pedro Pérez que fue quien diseñó y edificó un ocurrente dispositivo para horadar las sesenta bolas de haya apropiadamente. Ahora se empezó con la unión de todos y cada uno de los materiales y, obviamente, con los inconvenientes de trabajar con materiales de muy, muy diferentes naturalezas. Como no podía ser menos en su año internacional, la Química salió en nuestra ayuda proporcionándonos las soluciones más convenientes. De este modo, las barras metálicas fueron unidas a las esferas de madera a través de un ingenio consistente en un taco de poliuretano de altas posibilidades expandido por la presión de un tornillo de acero inoxidable. Este sistema aportaba unión al unísono que la suficiente flexibilidad para poder engastar poquito a poco todo el conjunto, sosteniendo los ángulos de link precisos. Por último, un adhesivo epoxídico de calidad aeronaútica aportará la rigidez precisa a todos y cada uno de los elementos del fullereno, asegurando su estructura. Un primer intento de montar el fullereno en las viejas instalaciones de mantenimiento no dio resultado, y nuestro fullereno, premontado en doce pentágonos, pasó un periodo de hibernación que prácticamente da al garete con el proyecto. Pasó el Año Internacional y proseguíamos sin montar la molécula, ya carecía de sentido situarla en la Alhóndiga, con lo que se hizo preciso buscar una nueva ubicación. ¿Puede alguien sugerir un sitio más ideal que la propia Capacitad de Ciencia y Tecnología?

Una mañana de un día de primavera de dos mil trece, con dos años de retraso, Pedro comenzó a montar el fullereno ayudado de cuerdas, plantillas y mucha maestría. Por último el pasado noviembre fue estrenado para alegría (y calma) nuestra.

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