noviembre 30, 2020

Diario Digital Bariloche

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Clases de tango para un fan del metal (y bailarín de madera)

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Es noche de lunes y tengo dos misiones atípicas: ponerme un traje acorde a la situación y pisar por vez primera una pista tanguera. Impensado.

En el baño del diario me convierto en Tangoman (por fortuna era feriado y pocos colegas me vieron salir de esta manera lookeado), engominado y todo para meterle un toque vintage al tema.

Lo confieso: no juego bien al truco, menos al futbol, no tomo mate y -mucho menos- estoy cerca del tango como oyente. Más bien en la otra punta: metal (heavy, thrash, death, black metal), gothic rock, darkwave y electro medieval. “Seguro sabés danzar tango”, dan por hecho múltiples turistas cuando les contás tu país de procedencia. Indisculpable error: estoy flojito de papeles como argentino modelo.

Para remontar (lo irremontable) me aproximé, por recomendación de mis vecinos de piso (neozelandés , argentina , los dos milongueros) a El Beso, una academia tanguera. ¿El resultado? Las 2 horas más difíciles de mi paso por esta sección, más que hacer un cuchillo o bien tomar una clase de aikido.

Casi no he mirado a los ojos de la ocasional compañera de pista. Mitad por poquedad (el estrecho contacto humano de este baile me descoloca) y la otra mitad por temor de pisar a la dama, a quien -como reza el ABC del buen milonguero-“hay que (saber) llevar”. Lo que no afirma es qué cara poner cuando de manera involuntaria pisás al otro o bien le asestás un rodillazo ante tal desincronización motriz. “Con confianza, andá hacia adelante que me doy cuenta y reculo. No me vas a pisar”, me afirma una y otra vez Celina, una de las profes.

Lo intento. Marco (con un quiebre de cintura) el anticipo del “arrastre”, el paso cara adelante que se da -suela a ras de piso- cara el pie de tu pareja. Lo que menos imaginé era entender (prácticamente al final de la clase) que “la señal correcta” era flexionar ligeramente las piernas. En fin.

La modalidad de enseñanza en El Beso es con rotación de parejas, “victimas” en mi caso, como Paulina -de nivel más avanzado- con quien codo a codo primero vamos marcando el paso que nos señala María, la instructora. Tomándonos por la espalda avanzamos al tiempo, mas no hay caso. Camino como un pato robotizado, no me puedo relajar y pienso más en conectarme mentalmente con la música (¡imposible!) que con lo que me afirma Elena (otra de las profes), quien me lleva pasito a pasito a la par de la mujer.

DEL POGO A LA MILONGA. El cronista metalero y su bastante difícil experiencia para aprender ciertos pasos de tango. / FOTO: ROLANDO ANDRADE

“Caminá natural, tal y como si estuvieras en la calle”, me señala. Y eso intento. Entonces se aúna Lis como pareja de baile. Al lado de esta diplomada en terapia ocupacional transcurre una gran parte de los ejercicios, tomándonos de los hombros y practicando el bendito paso acompasado del “arrastre” y también intentándola “llevar” en círculos por la pista. No hay caso, solo acierto a reírme y contagiarla con mi limitada sincronización. Entonces pasa en brazos de un compañero con más experiencia y ahí se ve el efecto contagio: si el hombre sabe llevar, la mujer se acopla a eso y reluce en la pista.

“¿Qué escuchamos?” Le pregunto a Celina a lo largo de la pausa de la clase. “Di Sarli y D´Arienzo”, me afirma. Y completa: “Es lo más frecuente para los que recién empiezan”. Y me añade un dato vital ante mi pregunta obvia: “Gardel no se baila. La métrica no es acorde para los practicantes en esto”.

De los últimos ejercicios que recuerdo es el “cruce” y allá Susana (otra profe) me hace girar el torso y siento que suena algo. No es la música, sino más bien cada una de mis vértebras lumbares. De no pensar como el cuerpo te da un cachetazo y expulsa cuando no coincide con algo. Chau, mr. tango.

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DATOS BASICOS

Lo que tenés que saber para sacarle viruta al piso

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