Mayra Arena (25) publicó un texto en su Fb que alteró su rutina diaria. Aparte de encargarse de su hijo de 11 años que empezó la escuela, atender a sus clientas y estar alerta a otros trabajos que podrían ayudarla a vivir un poco mejor, no deja de visitar radios, atender a otras por teléfono y hasta recibir pedidos inusuales de productores de televisión.

“Nunca me lo imaginé, pero tengo claro que esto dura unos días y después vuelve todo a la normalidad”, le afirmó a Clarín, en la mitad de la vorágine que la llevó de trescientos a más de catorce mil seguidores en su muro, donde acostumbra a redactar sobre cuestiones sociales. Y todo desde un personal ensayo sobre pobreza y marginalidad, basado en su dura historia de vida.

Con respecto a lo que la llevó a la joven de 25 años a escribir el texto, contó: “Lo escribí a pedido de mi hermana. Somos dos laburantes full time y las 2 estudiamos. Estábamos frustradas de lo que es trabajar, trabajar, trabajar y nunca ver un mango. Las dos tenemos laburos de hacer el día. Yo soy depiladora y hace limpieza. Me dice ‘vos tendrías que redactar algo explicando lo bastante difícil que es salir de esto’. Había que explicar por qué razón nuestra madre no nos ayuda, sino que nosotros la asistimos a ella. Me di cuenta que sino más bien lo explicaba, no se iba a entender por qué razón ella siempre y en toda circunstancia va a precisar ayuda y nosotros, a pesar de ser pobres, podemos hacer algo para dársela”.

En el texto, relata cómo empezó su vida en un hogar pobre, junto a una madre adolescente con problemas cognitivos debido a la subalimentación, un padre ausente y que ha logrado sobrellevar merced a esmero, tenacidad y suerte.

La carta completa:

El beneficio de ser pobres.

Mi vieja es una mina marginal. Toda la vida vivió fuera del sistema y ahí va a quedar. Por un problema que tuvo al nacer, es muy pequeña: no llegó nunca al metro cincuenta, y por los muchos embarazos que tuvo ya se le cayeron múltiples dientes. Tiene cuarenta y uno, mas la carencia de dientes sumada a su escasa estatura y marcada delgadez, hacen que aparente mil años más.

Mi vieja dejó la escuela porque era al pedo. Vos le explicás algo y no lo entiende. Incluso las cosas más simples, se las tenés que explicar despacio, múltiples veces. Si querés enseñarle a ir al chino de la vuelta lo mejor es acompañarla y que vaya, porque si le explicás el camino, no entiende. Mi vieja jamás prendió una computadora, ni la va a prender. Apenas sabe leer y escribir, y cuando digo “apenas” quiero decir, escribe como el orto y cuando lee no le queda nada. Debe leer algo simple varias veces a fin de que le quede. A veces nos solicita ayuda a las hijas grandes, y hay que explicarle despacio y con palabras claras, sino más bien no entiende.

Mi vieja no trabajó jamás, no se desenvuelve. Toda vez que procuró tuvo laburos malísimos, porque a los buenos, no pudo ni podrá acceder nunca. Siempre y en toda circunstancia limpiando, toda vez que le conseguíamos un trabajo la echaban al poco tiempo: la gente no le tiene paciencia por el hecho de que vos le explicás y no comprende. Mi vieja nunca aspiró a tener nada, siempre sintió que hay cosas que simplemente no eran para ella. Siempre y en todo momento sintió que ciertas cosas “son cosas de ricos” aun cosas mucho más fáciles de las que piensan. Mi vieja tuvo múltiples hijos, todos de diferentes hombres. En el centro de salud le explicaban que no tuviese más, que tenía que cuidarse, mas ella no entiende. Nosotros llevamos el apellido de ella y salvo el más chico, ninguno conoció a su respectivo padre.

Mi hermana Gisella Marisol y yo, tuvimos el beneficio de ser pobres. De pibas, mi vieja marginal nos mandaba a solicitar todos y cada uno de los días. Íbamos a las panaderías porque son los que mejores cosas dan, y con lo que volvíamos se cenaba. Mate cocido con lo que hubiera. Cuando no nos daban las del distrito, nos íbamos abriendo poco a poco más hasta llegar a las del centro. De ahí que nunca compartí la filosofía de no darle monedita al nene que pide: lo único que lográs es que deba pasear más, por el hecho de que ese pibe no volverá a la casa con las manos vacías. Teníamos hermanos más chicos, pero no quedaban en casa, salíamos todos juntos pues a los más chicos siempre y en todo momento les dan más. Entonces salía mi vieja con nosotros y mi vieja se quedaba afuera y nosotros íbamos al negocio y solicitábamos. Cuando íbamos con mi hermano, la cosa era bastante rápida pues era muy chiquito y la gente siempre te da lo que puede. Mi vieja no entraba porque a los grandes no les dan prácticamente nunca nada. Hay lugares que igual nunca dan nada y lugares que siempre te dan aunque sea un pancito. La cuestión es que siempre volvíamos con algo para acompañar el mate cocido.

Mi abuela estaba apenitas mejor que pues trabajaba limpiando. No teníamos a nadie que trabaje excepto , entonces lo poco que sabíamos de trabajo era que era horrible: las patronas eran malas y siempre le hacían cosas horribles, le pagaban menos de lo que le prometían y se hacían las desentendidas. A veces se iban un mes a Europa y ese mes la dejaban completamente en banda. Cuando trabajaba, no le pagaban casi nada, incluso nosotras pidiendo en la panadería, en ocasiones conseguíamos cosas que no podía comprar ni ahorrando.

Nuestra casa era un cuadrado con un baño en la época que mi abuela podía abonar alquiler, pero cuando mi vieja se peleó con mi abuela nos mudamos a una piecita sin baño en Pampa Central. Las necesidades se hacían en un balde y la comida del mediodía nos la daba un comedor que daba comidas muy ricas, polenta, guiso, tallarines. En ocasiones hasta había postre, una naranja o bien un flancito. A la tarde tomábamos la leche en una iglesia en frente de casa y en esa temporada mi vieja comenzó a cobrar una cosa que se llamaba jefes y jefes y eran 150 pesos al mes. Siempre que cobraba, los veintipico de cada mes, comíamos un youghourt cada uno de ellos y para nosotros era la gloria.

De piba, cuando sos pobre, lo que te salva de la marginalidad es creer. Creer que cualquier día vas a tener todo lo que querés tener. Cuando conocés grandes que no son pobres y que te preguntan qué vas a ser cuando seas grande, empezás a soñar un tanto. Todos y cada uno de los grandes te dicen todo el tiempo que no dejes la escuela, que estudies mucho. Nosotras, mi hermana y yo, conocimos un grande particularmente que fue significativamente esencial para nosotras: Marcelo General. Probablemente no lo conozcan, no era más que un vecino nuestro. Él y su adorada esposa siempre y en toda circunstancia nos invitaban a su casa a jugar con su hijita, pese a que nosotras no teníamos juguetes ni nada para llevar. Ellos tenían cosas que nosotras no habíamos tenido ni visto jamás. La casa de ellos era una mansión, si bien ahora que lo pienso no era más que una casa con comedor y dos dormitorios. Pero nosotras ahí adentro estábamos en nuestra salsa. Mi hermana jugaba con todos los juguetes de la nena, yo siempre solicitaba pasar al baño por el hecho de que era espectacular: tenía un espéculo gigante y papel higiénico de esos con dibujos y los puntitos para cortarlo derechito. Cuando sos pobre, la riqueza se mide en esas cosillas. Ellos eran ricos. Todos los días la acompañábamos a la cooperativa y nos dejaba seleccionar el youghourt que quisiéramos. Todos y cada uno de los días le preguntábamos de hasta qué costo podíamos sujetar, y nos decía que de cualquier precio, que sujetáramos el que más nos guste. Definitivamente eran ricos.

La mamá de la nena nos contaba que el marido a veces se levantaba a las 4, o sea, trabajaba desde muy temprano. El hombre era buenísimo, siempre hacía chistes y miraba la tele. En ocasiones nos daban hielo para tomar agua fresca en casa, por el hecho de que nosotras no teníamos heladera, pero solo en ocasiones porque otra vecina de el rincón, Silvia, también nos daba hielo siempre y en toda circunstancia. Hay vecinos que te ayudan mucho.
Marcelo y Claudia, su esposa, siempre nos afirmaban que fuésemos a la escuela. Una Navidad nos afirmaron que había venido Santa Claus pero nosotras ya sabíamos que habían sido ellos. Los regalos, mi hermana todavía los tiene guardados. De esta forma de valioso es todo cuando sos pobre.

En la escuela, asimismo éramos pobres, no marginales. No teníamos las cosas que tenían todos, a mi hermana incluso una profesora no le corregía las labores por el hecho de que no llevaba cuaderno tapa dura. Siempre y en todo momento la desafiaban por no llevar las cosas que pedían y siempre y en toda circunstancia lloraba. Pero éramos muy estudiosas, teníamos esa ventaja. Era una escuela pública, los pobres éramos y los ricos eran los que se adquirían alfajores en el recreo, tenían mochila con carrito y cartucheras de dos pisos. Todos y cada uno de los grandes que conocíamos nos afirmaban que si estudiábamos nos iba a ir bien, y nosotras lo creíamos de veras. Mi hermana no tenía la cartulina que pedían, pero nunca se olvidaba de hacer los deberes. Hubo una asistente social que nos ayudó muchísimo y que siempre nos daba mercadería, lo hacía delante de todos y eso nos daba vergüenza, de ahí que mi hermana era medio tímida. No lo hacía de mala pues era muy, muy buena, creo que no se daba cuenta que es feo que te den mercancía cuando a absolutamente nadie le dan, en el sala todos te quedan mirando además. Hubo un invierno en que teníamos una sola campera buena, la violeta, asique iba unos días mi hermana y unos días . Yo decía que nunca tenía frío y también iba igual pero después me recagaba enfermando entonces era mejor así. Mi hermana detestaba faltar por el hecho de que después no entendía las cosas. Asique yo faltaba mucho. Mucho. Mas en casa había varios libros y los leía, una y otra vez. Yo sabía que estudiando me iba a ir mejor, eso me afirmaban todos.

No existía la asignación y para todos los planes existentes, yo era menor. Todo me empujaba a ser marginal, porque ni siquiera podía acceder a los laburos o planes de pobres. A los 15 hice un curso de peluqueria, pero en esa época no existía internet y era muy difícil ir haciéndote conocido en un oficio.
Éramos pobres, no marginales. No queríamos dejar la escuela. Conocíamos gente que no era pobre y era gente que trabajaba y había estudiado, entonces por ahí venía la mano.

Pasaban los años, mi vieja proseguía sin trabajar. En ocasiones se afanaba queso de un súper, lo sacaba entre la ropa o bajo la axila. Una vez me afané un alfajor de un kiosko y me dijo que si lo volvía a hacer me iba a hacer pasar la vergüenza de mi vida: jamás más toqué nada. La vergüenza es a lo que más temor le tenés cuando sos muchacho, ni que te caguen a palos es tan fulero. No sé de qué manera explicarles lo que deseás un alfajor o una milanesa. Los que pueden comerlo cuando desean, para uno son ricos. Yo ya tenía como 12 años y no quería salir más a pedir: me daba vergüenza. Y ahí ocurrió algo que prácticamente nos empuja a la marginalidad, pero con el tiempo zafamos.

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